''Como un martillazo en la cabeza'' PDF Imprimir E-Mail

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Por Raúl Gutiérrez (*)


SAN SALVADOR - Una veintena de personas se acomodan en las butacas de una pequeña sala en un hotel de la capital de El Salvador. Se aprestan a presenciar "La vida loca", documental de 90 minutos sobre la Pandilla 18 dirigido y coproducido por el franco-español Christian Poveda.


Mientras la cinta avanza, algunos de los presentes --entre los que figuran miembros inactivos de la Pandilla 18, activistas y cooperantes internacionales-- sucumben a la emoción.


"La gente queda impactada. La película es como un martillazo en la cabeza", dijo Poveda, fotógrafo con vasta experiencia como corresponsal de guerra, entrevistado luego por IPS sobre sus motivaciones y su convivencia de meses con pandilleros.


"La vida loca", una coproducción franco-hispana-mexicana, desnuda en todo su esplendor la perversidad y humanidad de los pandilleros en la comunidad La Campanera, Soyapango, uno de los municipios de las afueras de San Salvador más afectados por la criminalidad.


Este filme expone el drama de los jóvenes atrapados en las pandillas, "temidas y detestables" pero también "curiosamente cautivadoras". Y además da cuenta de la "marginación, desintegración familiar y rechazo" que suelen sufrir sus miembros "desde que nacen".


El documental ya fue exhibido en los festivales de San Sebastián, en el País Vasco español, y Morelia, México, y se presentará el mes próximo en el del Nuevo Cine Latinoamericano en La Habana.


Poveda nació hace 52 años en Argelia, entonces colonia francesa, hijo de españoles exiliados por la guerra civil. Creció en los guetos de inmigrantes de París, y ya adulto cubrió como fotógrafo los conflictos en Sáhara Occidental, Líbano, Irán, Iraq, Argentina, Chile y Perú.


"Al menos unos 15.000 niños y jóvenes pandilleros son víctimas de un sistema que no perdona, que los ha llevado a volverse delincuentes y asesinos y a tener una vida miserable. Creo que estos jóvenes no le interesan a nadie. Son una generación perdida", se lamentó.


"¿Existe en este país una labor de prevención para impedir que los jóvenes ingresen a las pandillas? Mi respuesta es ¡no! ¿Existe en este país otra forma de tratar el problema de las pandillas fuera de la represión? Y repito: ¡no!", dijo.


Lo que sigue es una síntesis del diálogo con Poveda.


IPS: ¿Qué te motivó a producir una película sobre pandillas?


CHRISTIAN POVEDA: Me motivaba la marginación de los jóvenes inmigrantes en Francia, donde crecí. Si bien los índices de violencia de Francia y El Salvador no se pueden comparar, la pobreza y la marginación son las mismas, que luego llevan a los jóvenes a cometer delitos.


A diferencia de las pandillas de Colombia, Brasil o Venezuela, las salvadoreñas, además del control de barrios, cuentan con ramificaciones en todo el territorio y reglas de funcionamiento estrictas y definidas, y están bien organizadas. Son verdaderos ejércitos.


Por eso mi idea fue ir a lo peor de la problemática juvenil de El Salvador y luego mostrarlo como ejemplo en Europa para decir: "Mira, si no cambiamos nuestras políticas juveniles, en 15 años podríamos llegar a esto."


IPS: ¿Cuáles fueron las experiencias que más te marcaron?


CP: Relacionarme con jóvenes con quienes compartí 16 meses y luego verlos morir, y tener que volverlos a filmar. Hasta ahora, yo había fotografiado a muchos muertos pero no los conocía. Lo hice, incluso, durante la guerra civil salvadoreña (1980-1992).


Pero filmar a alguien muerto con quien te has vinculado es otra cosa. A "Wizard", una de las pandilleras "protagonistas", asesinada meses antes de terminar el rodaje, la veía en la panadería todos los días.


Cuando los entrevistas, te das cuenta de todo el odio que tienen contra la sociedad, y muestran ese odio a través de las expresiones más violentas posibles. Pero también aprendes que muchos viven en el mundo del alcohol y las drogas, y han sufrido desde que nacen marginación, pobreza, desintegración familiar, abandono, abuso, represión policial y rechazo.


Nunca he tenido la sensación de estar en el infierno, pero sentí que la gente a la que estaba filmando sí lo estaba.


IPS: ¿Cómo fue el proceso de filmación?


CP: La producción del filme duró unos 16 meses. Iba a la Campanera todos los días, en ocasiones a filmar, en ocasiones sólo a estar con ellos. La panadería --escenario de varias horas de filmación-- era como un centro de reunión. La mayoría de los pandilleros que aparecen en la película pasaban mucho tiempo allí y en sus alrededores.


IPS: ¿Por qué la Pandilla 18 y no la Mara Salvatrucha?


CP: Abrí negociaciones con ambas pandillas. Por varios meses me reuní con líderes de las dos. Incluso visité casi todos los centros penales donde estaban recluidos algunos de sus cabecillas para hablar sobre la película. Pero al final, los de Mara Salvatrucha declinaron la oferta.


Mientras tanto, fui a Soyapango a conversar con los líderes de la 18 y logramos un acuerdo: realizar la filmación a largo plazo y rescatar el aspecto humano de las pandillas.


IPS: ¿La producción de la película te cambió la percepción que tenías sobre las pandillas?


CP: No mucho. Me confirmó la percepción que yo tenía sobre estas organizaciones, sobre su problemática social. Han construido una verdadera sociedad, bien estructurada, y un sistema democrático para elegir a sus líderes, en los niveles local, municipal y nacional.


IPS: Después de más de 16 meses de convivir con los pandilleros, ¿cuáles son los aspectos humanos que más te llamaron la atención?


CP: Ellos se consideran soldados y defienden con honor a la pandilla, incluso con su propia vida. Me interesé por el aspecto humano, por auscultar esa otra cara: quiénes son, de dónde vienen, el sentido de hermandad que existe entre ellos, sus sentimientos, sus emociones y sus familias. Claro, la película no tenía tampoco el propósito de mostrarlos como angelitos.


No creo que un niño de 12 años haya nacido para matar. Un proceso social lo lleva a convertirse en asesino a esa edad. Y eso es lo que hay que tratar de entender: sólo entonces se podrían disminuir los índices de violencia. Donde no hay miseria no hay violencia. Pero aquí la solución se busca en el envío de batallones policiales a reprimir a los jóvenes y en la construcción de más cárceles para encerrarlos.


IPS: ¿Qué te propones con el documental ahora?


CP: Es una herramienta para fomentar el debate y eso me deja muy satisfecho.

 

(*) Entrevista publicada en IPS

 

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