Barack Obama: entre lo simbólico y lo real PDF Imprimir E-Mail

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Por Enrique Gomáriz Moraga (*)


SAN SALVADOR - Los medios calientes de comunicación, radio y televisión, tuvieron una audiencia mundial inusitada este martes 20 de enero, con motivo de la toma de posesión de Barack Obama en Washington. Tal impacto mediático está justificado, si se tienen en cuenta que, hace sólo diez años, nadie hubiera creído que un afrodescendiente, emigrante reciente y con un nombre de obvias resonancias islámicas, podría llegar nunca a la Casa Blanca.


En el plano simbólico, la asunción de Obama como Presidente de Estados Unidos es una completa revolución, que tiene valor en sí misma. Por eso, cuando se critica que el costo de esta toma de posesión asciende a 160 millones de dólares, mucha gente considera que, en realidad, la ocasión los vale, pese al hecho que el país atraviesa una profunda crisis económica.


Sin embargo, no parece que el elevado rédito simbólico que respalda a Obama pueda ser suficiente para no ser evaluado por sus políticas reales. El nuevo Presidente Obama hoy se sitúa entre lo simbólico y lo real, pero conforme pase el tiempo, lo segundo ira teniendo más peso que lo primero. Ciertamente, un antropólogo cultural nos recordaría que ambos planos no pueden separarse tan claramente: lo simbólico siempre forma parte de lo real; la cuestión consiste en saber en qué medida. Eso tiene una expresión clara, por ejemplo, en el hecho de que un presidente de color va a tener un significado tremendamente positivo entre las comunidades negras de Estados Unidos y sobre todo entre sus jóvenes.


Ahora bien, no creo que resulte exagerado tratar de desprenderse un poco de la “obamanía” que nos rodea, para medir con cierto rigor los primeros hechos políticos del nuevo inquilino de la Casa Blanca. Y en tal sentido, lo primero a evaluar obviamente en su discurso como Presidente en ejercicio.


En general, los comentarios que aparecen en los medios de comunicación se muestran favorables con este discurso parco, dirigido a enfrentar la crisis económica y de credibilidad que ensombrece el país. Atrás quedó la retórica encendida de su primer discurso para celebrar la victoria electoral, celebrada con aclamaciones incesantes por la gente que asistía. Este martes, el discurso de Obama no sacó a la gente del frío gélido que soportaba y sólo un breve aplauso coreó su intervención (pese a que el Presidente en ejercicio hizo las pausas necesarias).


Hay que coincidir en que no era conveniente que el discurso desconociera la dimensión de la crisis y la necesidad del llamado a la responsabilidad para enfrentarla. Pero no está tan claro que la búsqueda del recurso colectivo para lograrlo tuviera que ser necesariamente una apelación al nacionalismo y la real politik, tal como lo hizo. El regreso a los pioneros y su patriotismo no se distinguió apenas de cómo lo hubiera hecho cualquier presidente blanco y republicano, incluyendo algún desliz importante, como la referencia a la conquista del Oeste, que no ha debido hacer mucha gracia a las comunidades indígenas norteamericanas.


En realidad, ha sido en política exterior donde Obama si ha mostrado la radical diferencia que le separa de la saliente administración Bush. Insistió en la salida de Irak y en la perspectiva multilateral de forma categórica.


Pero en la política interna, las diferencias se redujeron apreciablemente. Es cierto que Obama quiere demostrar que es el Presidente de toda la nación y no sólo el de las minorías marginadas. También lo es que sus asesores son conscientes de que Obama perdió las elecciones entre la población blanca. Pero esas precauciones no deberían haber opacado tanto al Obama del discurso progresista, que siempre era respondido con un “Si se puede”, desde el masivo público. De hecho, la táctica utilizada en esta ocasión se amparó en una estratagema inteligente: fue el reverendo que intervino después quien hizo el discurso inclinado hacia la justicia social, mientras Obama asentía en silencio.


En realidad, el tono de su discurso está en sintonía con la fórmula empleada para atacar una de las primeras medidas prometidas: el cierre del presidio de la base de Guantánamo. Ahora ya no se produce el cierre inmediato, sino que el Gobierno solicita detener por 120 días los procesos militares a los encartados por terrorismo. Una vocera demócrata en Europa explicaba que el inmediato cierre era “en realidad un asunto bastante complicado”.


Ahora bien, si la “obamanía” no nos nubla del todo el juicio, cabe la pregunta: ¿Cuándo descubrieron que el asunto era tan complicado? Porque si lo descubrieron hace tiempo, entonces empiezan a tomar cuerpo las críticas que decían durante la campaña que la buena oratoria de Obama estaba acompañada de alguna demagogia.  Y si lo descubrieron en las semanas pasadas, conforme tenía lugar la transición, entonces pareciera que el candidato Obama era un desinformado. Obviamente, siempre queda una tercera opción: que el realismo político se esté tragando el deseo de cambio dentro de la mente de Barack Obama. Algo que muchos describirían de otra forma: que el sistema está siendo capaz de absorber al primer afroamericano que llega a la Casa Blanca.


Desde luego, esa última posibilidad existe, pero todavía es pronto para identificar tendencias. El nuevo Presidente Obama tiene por delante la prueba de los cien días para reconocer cómo lleva a la práctica sus primeras promesas. De momento, el rédito simbólico lo tiene incólume y eso es ampliamente reconocido. Sin embargo, en el progresivo paso de lo simbólico a lo real, Obama y sus asesores deben saber que la evaluación de sus políticas concretas no podrá hacerse siempre sobre la base de su capacidad de seducción política. Algún grado de sustantivación y objetivación serán necesarios e inevitables.


(*) Analista y columnista de ContraPunto

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