Una huella de Jorge Amado PDF Imprimir E-Mail

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Por Manlio Argueta (*)

 

SAN SALVADOR - Tengo dos gratos recuerdos de Jorge Amado relacionados con El Salvador, ese escritor querido por su pueblo en un país como Brasil donde extrañamente, al contrario de la mayoría de países de América Latina, “los escritores son tan famosos como los futbolistas”.

 

Escritor de 30 novelas y dos biografías, Amado es amado en Bahía, su región natal a la que le dio un vigencia en el mundo; con Paulo Coelho el más leído en lengua portuguesa, aunque no es tan apreciado por la crítica como Amado, por lo menos por la gente real que convirtió en personajes de sus novelas y que le responden con admiración desmedida, tanto en los mercados como en sitios públicos de su región natal. Su popularidad no debe ser un demérito para la gran crítica, sin embargo lo es. Cuando se le dijo que era el escritor de las prostitutas Amado respondió que se había hecho en casa de mujeres, en los prostíbulos “mis recuerdos de ellas es muy puro, de gran ternura y gratitud”.

 

Memoria Primera: Su literatura en El Salvador.- Fue en la librería Claridad, a pocos metros del parquecito San José, donde en 1958 los poetas del Círculo Literario Universitario recibimos de la propietaria y escritora Ana Rosa Ochoa (escribió un único libro: Perdigones quemados)  la recomendación de leer a Jorge Amado; épocas que más que por vender, se divulgaba a un autor y una obra hasta entonces desconocido. Esa primera obra fue Los Capitanes de la Arena, novela que me hizo escribir el poema los Niños de la Arena (En el costado de la luz, 1968). Después recibiríamos Cacao, y Subterráneos de la Libertad, es la primera etapa de su obra dentro del realismo social que luego cambiaría por una literatura de humor, erotismo y pintura local (Gabriela Pan y Canela, Tocaia Grande).

 

Cuando conocimos la narrativa de Jorge Amado hace más de cincuenta años a ningún joven del Círculo Literario Universitario se le ocurría en ese tiempo escribir narrativa, todos éramos poetas; sin embargo, por Jorge Amado conocimos al primer gran novelista de Brasil, el de los marginados y de las luchas políticas. Por Amado, en su libro: Caballero de la Esperanza (1944), conocimos a Luis Carlos Prestes, una de sus más famosas biografías sobre el legendario político, ingeniero y capitán rebelde brasileño (su esposa Olga murió en un campo de concentración nazi y su hija Anita nació en una cárcel alemana, aunque fue rescatada gracias al clamor internacional).

 

Ese entusiasmo de los jóvenes del Círculo y más tarde adscritos a la Generación Comprometida, uno de cuyos méritos es haberse esforzado por salir del aislamiento cultural, permitió divulgar a este autor brasileño, desapareció de las estantería por más de dos décadas (se dedicó más a la política internacional, Jurado del premio Lenin de la Paz, quizás el motivo para que se le negara el premio Nóbel). Distanciado de sus años de comunista internacional aparece luego con otras obras y otras proyecciones, producto de su desligamiento de la política, aunque no de los valores de su pueblo: Tieta de Agreste, Doña Flor y sus dos Maridos, Gabriela, Pan y Canela, novelas todas llevadas con éxito al cine brasileño.

 

Memoria Segunda: El New York times, en Nueva York, 1985. Varios escritores fuimos invitados por el Editor del New York Times (eran mis días de gloria efímera, mis recuerdos del pasado: One Day of Life, libro más leído por tres semanas según el New York Times Books Review, reseñas en el Newsweek, Washington Post, Village Voice, Le Monde Diplomatique, etc., etc). Los días de la guerra, produjo un llamado de atención por nuestra literatura regional.

 

El grupo invitado por el NYT éramos tres centroamericanos, el brasileño Jorge Amado (1912-2001) y un francés que recién había ganado el premio Nóbel de Literatura, Claude Simon. Entre los centroamericanos, además de mi persona, estaban Claribel Alegría y Omar Cabezas, cuyo testimonio La Montaña es más que una Estepa Verde había despertado gran interés en lengua inglesa.

 

Sobre esto, debo recalcar algo curioso para la época, que ahora, rotas las fronteras del mundo, por lo menos relativamente hablando, no debe ser motivo de extrañeza: los periodistas rodeaban a los centroamericanos y marginaban al premio Nobel. Le hice saber a Claribel Alegría la paradoja: “Mira, Claude Simon está aislado mientras Omar Cabezas es el punto focal, ¿no crees que es una novedad para nuestra pobre humilde e invisible literatura centroamericana?”. Y no se trataba de un aislamiento por el idioma, donde solo Claribel Alegría hablaba fluidamente el inglés; no, eran las primeras señales sobre cómo la literatura de la periferia se ha ido abriendo paso hacia el centro metropolitano que después ha sido atribuido a la globalización. Y Claude Simon provenía de la gloriosa literatura francesa, además de Premio Nobel. Los centroamericanos veníamos del quinto mundo, de literatura invisible, pese a Darío.

 

Gran desilusión: el único que no asistió a la invitación del NYT fue Jorge Amado quien avisó desde su hotel que había tenido un acceso pulmonar y la primavera newyorquina es un congelador. Es otra razón para que los centroamericanos tuviéramos mayor presencia en el grupo, la ausencia de Jorge Amado quien en esos días era el escritor de las crónicas culturales de los Estados Unidos por ser el novelista latinoamericano mejor pagado por una obra traducida en Estados Unidos; se trataba de la novela Tocaia Grande (Gran Emboscada), la novela que en esos momentos había recibido la mayor cantidad por derechos de autor para un escritor latinoamericano, incluyendo a García Márquez. Por supuesto que recibió críticas de los inamistosos de siempre, por el hecho de recibir dinero de una editorial norteamericana.

 

Con Jorge Amado compartí el mismo agente literario y publicamos en la misma editorial, una de las más grandes de los Estados Unidos, Random House (colección Adventure). Thomas Colchie, el agente literario, también había adquirido vigencia por el logro de Amado. De manera que la ausencia por enfermedad del novelista brasileño desencantó en la reunión y no me permitió departir con él como lo había pensado, aunque después lo vi en el hotel.

 

Este gran novelista de Brasil cuya traducción al inglés, y el hecho de ser leído, inclusive en El Salvador, desde los años 50, con ediciones de grandes tirajes, tenía abierto el camino al Premio Nóbel. No ocurrió así, sin embargo. Amado fue el eterno candidato al gran premio de Estocolmo, como primer escritor de lengua portuguesa, se creía que sería el primer Nobel en esa lengua.

 

No fue así porque quien se llevó el honor fue José Saramago, grandes amigos ambos; hasta hace unos veinte años menos conocido éste en el mundo latinoamericano, pero no por ello menos valioso.

 

La posible negación del Nobel, Amado lo cuenta en su autobiografía: La Comisión de dicho premio lo achaca a que siendo Jurado del Premio Lenin de la Paz, se le negó dicho premio (pese a ser presentado como candidato) al gran músico Jean Sibelius quien escribió el poema sinfónico “Finlandia”, reconocido como himno no oficial de ese país. Amado alega que si bien él era Jurado del Lenin por la Paz, los que decidían eran las cúpulas políticas soviéticas y Sibelius no era querido por su sinfonía convertida en himno patriótico, relacionado con la guerra ruso-finlandesa. 

 

Pienso que en todo caso, al escoger a Saramago, como primer Nobel en lengua portuguesa, ganamos la posibilidad de leer en español la obra de este gran novelista (quien, cosa curiosa, en su obra Cuadernos de Lanzarote menciona al poeta salvadoreño Manuel Sorto) de gran sencillez, poesía y humanidad en su literatura; además, ambos, Jorge Amado y Saramago, llegaron desde la misma tendencia política de izquierda. En sus novelas iniciales hay similitud en los temas.

 

Por otro lado, con premio y sin premio Nóbel, Amado seguirá siendo el escritor querido por su pueblo, uno de los más leídos en el mundo que quiso dejarnos los dramas y las felicidades, las miserias de la riqueza y la riquezas de las pobrezas de ese gran país que es Brasil, enorme en música, en literatura y cultura popular.

 

Sean estas líneas en homenaje a su desaparición, en 2001.

 

(*) Escritor y columnista de ContraPunto

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