Política y religión PDF Imprimir E-Mail

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Por YSUCA

 

SAN SALVADOR - La retirada de los candidatos a la presidencia del Partido de Conciliación Nacional ha vuelto a poner en el tablero la relación entre política y religión. Un tema que si bien ha sido manejado con responsabilidad por la mayoría de las iglesias, ha tenido, tanto en algunos cristianos como en otras confesiones, ciertos brotes de contaminación y manipulación que no podemos dejar de lado.

 

Las iglesias tienen, por supuesto, el pleno derecho a pedir a sus miembros que actúen reflexivamente y en conciencia. Tienen derecho a denunciar mentiras cuando sean evidentes y manifiestas, o cuando los candidatos propaguen modos de pensar violatorios de los derechos humanos. Pero ni éticamente ni legalmente pueden ni deben impulsar a un candidato o atacar a otros por el simple disgusto político que cualquiera de ellos le pueda causar a algún líder religioso.

 

En el caso que nos ocupa, la destitución del candidato del PCN, la Iglesia Elim ha tomado, incluso desde el momento en que el Sr. Chévez se lanzó como candidato, una posición muy correcta y prudente. En ese sentido, es claro que debemos felicitar a la Iglesia Elim que desde el principio se desmarcó del deseo de nuestro hombre en cuestión, que quería presentarse como el candidato de los evangélicos. Pero el Sr. Chévez no ha sido tan prudente como su propia Iglesia.

 

Ha presumido, en efecto, de arrastrar tras sí los votos de la gran mayoría de los miembros de las iglesias evangélicas. Ha llegado incluso a decir que algunas citas bíblicas, que él leía a quien quisiera escucharle, eran una especie de presagio de que él iba a ganar las elecciones.

 

Ciertamente, la Biblia no habla para nada de quién va a ganar elecciones o quién las va a perder. La Palabra del Señor nos invita a ser sinceros y a actuar siempre bien. Y nos insiste, especialmente el Nuevo Testamento, que no usemos ni manipulemos la palabra de Dios para satisfacer nuestros gustos. Utilizar la Biblia para defender o atacar candidatos políticos, para decir o no decir quién tiene el apoyo de Dios, no es más que abusar de un mensaje que aunque tiene que ver con comportamientos y actitudes humanas y sociales, no puede ser utilizado como un programa político. Se puede decir desde la Biblia, por ejemplo, que la pena de muerte es cada día más inmoral. O que la guerra es injusta. O que Dios no quiere la pobreza ni la injusticia. O que detrás del aborto inducido hay un profundo desprecio a la vida que afecta gravísimamente a la conducta moral del individuo y a la misma moralidad de la sociedad en su conjunto. Pero no se puede decir “éste es el candidato que Dios quiere” o, mucho menos, “yo soy el candidato de Dios”. Afirmar esto último, en las actuales circunstancias, equivaldría a decir que Ciro Cruz Zepeda es más poderoso que Dios.

 

Aunque en minoría, otras iglesias distribuyen panfletos diciendo que Jesucristo es el único candidato para gobernar sus vidas. Pero añaden simultáneamente la cita del juicio final en la que en el fin de los tiempos se envía al infierno a quienes no fueron solidarios. Y se juega con la colocación a la izquierda de quienes no fueron solidarios con el hambriento y el sediento, para insinuar que los partidos de izquierda son de talante diabólico. Ese tipo de insinuaciones y manipulaciones de la cita bíblica de San Mateo, a demás de ser estúpida y ridícula, deja a la altura del betún a los líderes religiosos que la utilizan así. Entre otras razones, porque hoy cualquiera que conozca la historia de las ideas políticas sabe que si bien la derecha liberal ha tenido el gran mérito de defender más la libertad, la solidaridad la ha defendido más la izquierda.

 

Meterse en política tan directamente sólo produce decepción y angustia en las personas religiosas. La opción política nace de una decisión que debe ser informada, reflexionada y tomada en conciencia. La fe puede ayudar a tomar esa decisión. Pero utilizar la fe para hacer política es dañar tanto a la política como a la fe. Esperemos que el caso Chévez haga reflexionar un poco a quienes irresponsablemente quieren mezclar religión y política.

 

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