El cronista PDF Imprimir E-Mail

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Por Mario Chávez

CANADA - Escribía como los dioses. Sus admiradores le decían el Truman Capote de Latinoamérica. Siempre escribía sobre muertos, pero lo hacía de una forma tan linda, tan bonita, que convertía en hermoso lo grotesco, lo macabro que veía a diario en su ciudad infernal.

 

Andaba siempre de arriba para abajo, corriendo detrás de la Policía, buscando las escenas de las más terribles tragedias que cada día ocurrían como casos de una plaga en su pequeño país olvidado por dios.

 

Luego regresaba al periódico, se ponía los audífonos, y al mismo tiempo que comenzaba a sonar El lado oscuro de la luna de Pink Floyd, él empezaba a teclear sus crónicas, de las que solía decir que estaban llenas de magia pues un fantasma se las dictaba.

 

Así, de una manera genial, escribió por muchos años hasta que sucedió un hecho que cambió su vida: Un día encontró a su mujer con un amante en la cama. Los mató a los dos a balazos.

 

Fue capturado, enjuiciado y condenado a muerte. Sin embargo, a última hora, debido a su buena reputación, el mandatario lo perdonó, poco antes de ser fusilado.

 

Nunca más volvió a escribir

 

Cuando alguien se atrevía a preguntarle por qué no volvía a su antiguo oficio, respondía que antes él veía a los muertos como personajes de una novela, como seres de ficción, que no eran reales, que no tenían sentimientos ni sentían dolor.

 

Decía que una vez ponía el punto final a sus crónicas se olvidaba de ellos, como si nunca antes hubieran existido.

 

Pero que ahora ya no era igual. Ahora sabía que detrás de cada cadáver había toda una larga y compleja existencia que debía de ser respetada y no explotada de manera sensacional como él antes lo hacía.

 

“Además –terminaba diciendo- el fantasma que me dictaba mis escritos me abandonó en el mismo momento en que apreté el gatillo”.

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Modificado el ( domingo, 02 de marzo de 2008 )
 
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