Ecuador en su dolorosa falta de previsión PDF Imprimir E-Mail

Por Silvana Larrea

QUITO - Cuando llueve en Babahoyo, ciudad de la costa de Ecuador, sus calles se inundan. Cuando hay precipitaciones sobre Chone, a unos 200 kilómetros de Babahoyo, pasa lo mismo. Y así sucesivamente a lo largo de casi toda la costa de esta nación, y no es de ahora, es una situación de siempre.

 

La falta de previsión, la ausencia de obras por el desvío de fondos, la corrupción galopante, han sido ingredientes que se han sumado para que los inviernos –año tras año, unos más otros menos- sean dolorosos para las economías y las vidas de los habitantes de esos lugares, pero en este 2008, ha sido más grave.

 

Es el peor invierno en la última década. No hubo una advertencia sobre su real magnitud: el pronóstico del tiempo es otra de las cosas que no funcionan en Ecuador, con un clima variable, con pocas referencias satelitales para ser preciso, con una posición geográfica difícil para ser infalible.

 

Pero si hubiera existido una alerta nada habría cambiado: no se podía, en uno o dos meses, revertir una situación de décadas, de carreteras mal hechas, de sistemas de drenaje inexistentes, de puentes con materiales inadecuados, de muros de contención deleznables, de desvío de fondos.

 

De 13 millones de ecuatorianos, están afectados por   el temporal que se extiende ya dos meses, 3,5 millones de personas. Hay 60 mil desplazados que son deficientemente atendidos en los albergues improvisados, 15 mil familias están en riesgo de contraer enfermedades y epidemias, el costo estimado de la reconstrucción agrícola, de infraestructura en general y de vialidad es de mil millones de dólares.

 

Es una situación desgarradora que ha puesto nuevamente en evidencia la ausencia de una cultura de previsión y de contingencia ante los desastres de cualquier naturaleza. Y ocurre porque “la vida es ahora” parece el lema que domina a Ecuador, todo es ya, planificar no forma parte de la cultura local.

 

A esto se añade que en este país sudamericano las tragedias no llegan nunca a la gravedad de la que ahora se atraviesa: las dictaduras son “dictablandas”, en los golpes de Estado muere una persona que ni siquiera participaba en la revuelta, las erupciones volcánicas no llegan a explosiones violentas, cuando escasea el arroz, hay excelente cosecha de papas...

 

Lo ocurrido ahora, que no ha terminado, obliga a los ecuatorianos, todos, gobierno, ciudadanos comunes y corrientes, instituciones, organizaciones privadas, etc. a  diseñar planes a largo plazo, a formar a las personas en la prevención, a aprender a actuar en la adversidad, no a confiar en la suerte, no creer en el “ya se solucionará”.

 

Obliga a que repensemos en nuestros gobernantes, en los que no hicieron las obras que debieron y despilfarraron los dineros destinados a ellas, a los que conducen los destinos del país ahora, a los que lo harán en el futuro.

 

La tragedia actual impone que más allá de donar unos dólares o una lata de atún, la conciencia se fortalezca y esta realidad se convierta en lección y en aprendizaje.

 

(*) Periodista ecuatoriana y corresponsal de ContraPunto en Quito.

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Modificado el ( domingo, 02 de marzo de 2008 )
 
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