El Mall PDF Imprimir E-Mail

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Por Alfonso Kijaduría
CANADÁ- Alfonso Kijadurías escribe desde las lejanas tierras del Norte para Revista Digital ContraPunto. Sus cuentos pertenecen al libro inédito: “La breve edad del tiempo” (1999-2006).

 

 

Aquí en Babilonia no hay nada,  solamente  un mall, equivalente a  una ciudad dentro de la gran ciudad, donde se complacen todos los deseos, por caprichosos que sean, del ávido consumidor de novedades. Como en esta ciudad el mar está lejano como un planeta en el cielo, se ha creado dentro del mall un mar artificial; bañarse en él es un lujo, ahogarse en él un privilegio. Todos desean ahogarse, pero resulta tan caro que la gran mayoría abandona esa idea por otra, de acuerdo a sus pobres ingresos, como sumergirse en las tinieblas aromáticas de los cines, cafés, pizzerías, parques, pistas de baile o almacenes modernos que satisfacen las más recientes necesidades y deseos.

Todas las semanas la gente trabaja sin descanso, sin otro afán que no sea el de pasar el fin de semana en este infinito y esplendoroso laberinto, donde la gran diversión es comprar lo que mañana será lanzado a la basura. Todos venimos aquí, con el ansia loca de dejarnos tragar, como una moneda, por las fauces del monstruo y su laberinto.

Entrar al Mall es fácil, salir de él imposible. Allí conocí a Ofelia, allí también la perdí. ¿Quién no  recuerda antes de su caída, su rostro moreno, las negras almendras de sus ojos, su bien formado cuerpo de serpiente? El monstruo la sedujo y la arrastró a sus más recónditas galerías, a sus recámaras de espejos y alfombras y cortinas palaciegas. Allí quedó atrapada, seducida por todos los encantos e ilusiones,  el rumor de las olas o el canto de las  sirenas que la invitaban a ahogarse, como todos los que  a diario, reclutados por sus miles de agentes, disfrazados de consumidores, son persuadidos diariamente a poseer la dorada tarjeta del buen consumidor. Ofelia no fue ninguna excepción, sorda a mis súplicas, mis ruegos de no dejarse persuadir, hizo todo lo imposible por hundirse en las aguas del cálculo egoísta, y de  las que nunca salió.

¿Estaré yo a salvo? Cada día en el buzón de correos me espera un legajo de páginas  lujosamente impresas, todas me persuaden de no dejar ir la ocasión, la última oportunidad de entrar al paraíso.

 

 

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Modificado el ( domingo, 02 de marzo de 2008 )
 
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